Músicos callejeros. Viandantes mayoritariamente locales,
otrora turistas. Luces tenues en torno a un parque y más brillantes las que
cuelgan del Palacio Real. En la plaza homóloga, el Café de Oriente resurge como
si nunca se hubiese marchado. Como si no hubiera un bicho que está trastornando
todos nuestros planes. Como si, comiendo, apagásemos por unos segundos la voz
del peligro a golpe de doble exquisitez: en la mesa y en las medidas de
seguridad. El Café de Oriente sigue allí, esperando, deseando acoger al
madrileño al abrigo de una gastronomía y servicio impecables.
Fuera menús del día, aparcamos los solitarios cafés a pie de
palacio, y de momento nos quedamos con el restaurante. Es la apuesta del Café
de oriente para un retorno sostenible y la carta recompensa al comensal con
variedad, fusión e intensidad de sabores envidiable. Ya desde las anchoas de
Santoña 0,0, enormes y ligeras, suaves y adictivas, y el delicioso carpaccio de vieiras, comprobamos que el Café de
Oriente merece su fama y estar ahí por los siglos de los siglos.
Las alcachofas
rellenas de una suerte de espuma de bacalao coronadas con crujiente de jamón y
los huevos mollet con ragú de setas y sobre cama trufada ponían el listón alto
a los principales. Pero estos no palidecieron. Ni mucho menos.
Porque los chipirones de Guadañeta encebollados con mejillones y sobre arroz
cremoso cubren el paladar de sabor y gloria. Porque el lingote de cochinillo,
que por sí solo merece aplauso, se antoja menester combinado con las tres
preparaciones de manzana: confitada, en helado y deshidratada.
Difícil encontrar un final a la altura, pero no en Café de
Oriente. No si pedimos los higos con caramelo y chocolate y su ya popular,
necesaria, casi de obligada degustación, torrija. Y entre plato y plato, alzar
la vista para deleitarte con tu compañía, de belleza similar al entorno. Sólo
en el Café de Oriente. Sólo en Madrid.
Jesús Clemente Rubio





