«Los amores que matan y nunca mueren» de Sabina, a escena. «Excítame» cuenta (y canta), por primera vez en español, las andanzas de Natham Leopold y Richard Loeb, su romance, la obsesión de uno, la psicopatía del otro, y el peligroso cóctel cuando se agitan ambas personalidades. Su historia es la de la condena de apostar toda tu vida a una carta, no importando los medios empleados, pero sí sufriendo las consecuencias de dichos actos. Y si esa carta es el amor, marcada de por sí, tarde o temprano alguien nos pillará el truco. Así fue el atroz crimen cometido por Natham y Richard.
| Nathan sufrirá las consecuencias de su obsesión. |
La frescura del musical con un drama negro en el que el asesinato es sólo una excusa para hablar del amor. En «Excítame», Richard (en nuestro pase fue Marc Parejo, aunque también es interpretado por David Tortosa) es -se cree- el superhombre retratado por Nietzsche y predica sus escritos de la manera más peligrosa, adoptando el perfil del clásico homicida que se cree superior a sus víctimas y, por tanto, ha de dar muerte a éstas. Hasta ahora en sus pequeños delitos le había acompañado Nathan (Alejandro de los Santos), la cruz de la misma moneda, introvertido, prudente… pero obsesionado con las caricias, miradas y sábanas de Richard.
| Ambos personajes están llenos de matices. |
Hasta aquí leo de la sinopsis, retorcida, cruenta y tremendamente realista. Porque el guión parte de la declaración de un preso para obtener la libertad condicional hablando justamente de lo que le llevó a ser privado de ella. Genial. Continúa desmenuzando cada personaje para mostrar un corazón que nada tenía que ver con su superficie, demostrando que, en ocasiones, el amor no hace florecer virtudes tanto como esconde los defectos, por lo que no es amor puro, sino engañoso y temerario. Y remata planteando el dilema de si es mejor lo malo conocido y que muestra su horrible rostro desde el primer minuto o aquel que destella de vez en cuando, te hace sospechar pero sólo averiguas su auténtica naturaleza cuando ya es demasiado tarde.
Claro que nada de esto sería (tan) plausible si no fuera, aprovechando que sale a colación Nietzsche, por la música. Aitor Arozamena deslumbra con unas estupendas piezas que, si bien habría alcanzado la perfección acompañados de una orquesta -pero hablamos de una sala teatral, no de un estadio- la rozan gracias a una ejecución magistral. Son piezas parecidas y distintas todas ellas, necesarias y nunca molestas, y -sorpresa- pegadizas. Uno no sabe si es el actor el que espera a la música o al revés, pues se ajustan como un guante. Culpa del exquisito encaje de piezas la tiene José Luis Sixto, que marca los tiempos, dosifica la acción y gestiona el ritmo con una batuta excelente.
Sobre ellos, vuelvo a proponer el llevar sombreros al teatro para poder quitárnoslos ante semejante talento. Parejo borda una personalidad que rebosa seguridad con pies de barro y muestra un declive de la autoconfianza sin precedentes, creíble y digno de semanas y semanas en cartel. De los Santos se atreve con todo: serenidad, locura contenida, pasión, devoción… pone el esqueleto y Parejo la piel. Ambos las voces, geniales.