En muchos sitios vais a leer que el Real Madrid hizo el mejor partido de la temporada. Que mereció ganar de manera incontestable. Todo piropos con un ligero «pero» al final que nosotros, en cambio, vamos a acentuar. El Madrid mereció el empate, que no el PSG, que jugó más bien poco si bien en un torneo de eliminación las individualidades cuentan mucho. Y lo mereció porque tras ochenta minutos de ensueño, especialmente la primera parte, dejó que los diez minutos restantes empañasen la que podía haber sido otra noche mágica europea. No obstante, hay margen, amplio, para la esperanza; este Madrid huele a lucha, a combate, a garra, a títulos.
Y la mejor prueba de ello es el instante final, el remate de quien el Bernabéu ve más como un enemigo que como un aliado. Si alguien que lo tiene todo en contra, es introvertido y no llegó a adaptarse como es Gareth Bale estrella el balón en el palo en la última falta del último instante del encuentro y lo lamenta con rabia -con toda la rabia que puede expresar Bale- tras haber completado una buena actuación, hay que imaginar el estado de este vestuario y equipo. Cierto es que la defensa volvió a aprobar rozando el suspenso por el despiste que aprovechó Mbappé en el minuto 80 para comenzar la andadura hacia el empate, que completaría Sarabia. Pero también que durante el resto del partido Modric -la mejor noticia blanca- repitió la actuación soberbia frente a la Real Sociedad, Rodrygo estuvo más desaparecido pero aún así comienza a arrastrar defensas temerosos de qué hará a continuación y Hazard… Hazard ya comienza a alcanzar otro nivel. Ése en el que sabes que el mejor inicio de jugada es entregársela para cambiar la marcha y la atmósfera de defensiva o conservadora a ofensiva.
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